Ivanhoe

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Prometieron obedecer y partieron ligeros a cumplir los diferentes cometidos asignados. Locksley y sus dos compañeros, que ahora le consideraban con respeto y a la vez con algún miedo, prosiguieron su camino hacia la capilla de Copmanhurst.

Cuando alcanzaron el claro donde se encontraba la reverenda aunque ruinosa capilla, con su ermita tan propicia a la devoción ascética, Wamba murmuró al oído de Gurth:

—Si ésta es la guarida de un ladrón, confirma el viejo proverbio: «Cuanto más cerca de la iglesia, más lejos de Dios». Y por mi caperuza, creo que es cierto. ¡Escuchad las irreverentes oraciones que cantan en la ermita!

Efectivamente, el anacoreta y su huésped interpretaban, con toda la fuerza de sus poderosos pulmones, una antigua canción de taberna:

Ven, acércame el cuenco marrón;

bravo muchacho.

Ven, acércame el cuenco marrón:

Alegre Jenkin, eres un bribón cuando bebes.

¡Ven, tráeme el cuenco, tráeme el cuenco marrón!

—No está mal cantado —dijo Wamba haciendo algunos gorgoritos para adornar el coro—. Pero ¿quién, en el nombre del santo, hubiera podido esperar oír canción tan descarada procedente de una celda ermitaña y a medianoche?


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