Ivanhoe
Ivanhoe —Esta acusación es gratuita, además de peligrosa —dijo De Bracy—. Baste decir que conozco la conducta de la Orden del Temple y que no os daré la oportunidad de que me robéis la hermosa presa por la cual tantos riesgos he corrido.
—¡Psé! —replicó el templario—. ¿Qué tenéis vos que temer? Conocéis los votos de nuestra Orden…
—Y además muy bien —dijo De Bracy—. Y sé también cómo se respetan. Vamos, señor templario; las leyes de la galanterÃa se interpretan muy libremente en Palestina, y éste es un caso que no confiarÃa a vuestra conciencia.
—Sabed la verdad, entonces —dijo el templario—. No estoy especialmente interesado en vuestra prisionera de ojos azules. Nos acompaña otra bella muchacha cuya compañÃa sin duda agradecerÃa mucho más.
—¡Qué! ¿Os conformarÃais con la dama de compañÃa? —dijo De Bracy.
—No, señor caballero —dijo el templario con altanerÃa—. No me conformo con la dama de compañÃa. Hay otra presa entre los cautivos tan encantadora como la vuestra.
—¡Por la santa misa! ¡Os estáis refiriendo a la hermosa judÃa! —dijo De Bracy.
—Y si asà fuera —dijo Bois-Guilbert—, ¿quién podrÃa impedÃrmelo?