Ivanhoe
Ivanhoe —Nadie, que yo sepa —dijo De Bracy—, excepción hecha de vuestro voto de celibato, a menos que tener comercio con una judÃa repugnara vuestra conciencia.
—En cuanto a mi voto —dijo el templario—, nuestro gran maestre me ha dado su dispensa. Y en lo que a mi conciencia se refiere, un hombre que ha degollado a trescientos sarracenos no tiene obligación de confesar cada pequeña caÃda, como si se tratara de una muchacha de pueblo en su primera confesión la vÃspera del Viernes Santo.
—Conocéis mejor que nadie vuestros propios privilegios —dijo De Bracy—. De todos modos hubiera jurado que vuestros pensamientos se dirigÃan con preferencia a la bolsa del viejo usurero que no a los negros ojos de su hija.
—Admiro ambas cosas —contestó el templario—, pero el viejo judÃo vale sólo la mitad. Tengo que repartir el botÃn con Front-de-Boeuf, como pago por utilizar su castillo. Debo sacar algo en exclusiva de este enredo; asà que he decidido que la hermosa judÃa sea mi premio particular. Ahora ya conocéis mis intenciones. Y ya podéis poner en práctica el plan, ¿verdad? No tenéis por qué temer mi interferencia.