Ivanhoe
Ivanhoe Los esclavos sarracenos que acompañaban a Front-de-Boeuf iban desprovistos de sus vistosos atavíos, sustituidos ahora por blusas y calzones de rudo lino; llevaban las mangas arremangadas al estilo de los carniceros cuando se disponen a ejercer su oficio en el matadero. Cada uno de ellos era portador de un pequeño cesto, y cuando entraron en el calabozo se detuvieron junto a la puerta hasta que Front-de-Boeuf la cerró con doble llave. Tomada esta precaución, avanzó despacio hacia el judío y fijó la mirada sobre él como si con ella quisiera paralizarle, del mismo modo como ciertos animales fascinan a su presa. En verdad, parecía que los despiadados ojos de Front-de-Boeuf poseían un violento poder sobre su infortunado prisionero, pues el judío estaba sentado con la boca abierta y la mirada fija en el salvaje barón. Sin poder evitar el terror, parecía hundirse y disminuir de volumen bajo la lacerante mirada del fiero normando. Al infeliz Isaac no sólo le faltaban las fuerzas para levantarse y hacer la reverencia que su terror le aconsejaba sino que no acertaba a descubrir su cabeza, ni soltar ninguna palabra de súplica, puesto que imaginaba que las torturas y la muerte pendían sobre su cabeza.