Ivanhoe
Ivanhoe Con esta predisposición a la defensa pasiva, mientras intentaba proteger sus extremidades inferiores de la humedad del pavimento, Isaac estaba sentado en un rincón del calabozo donde sus manos retorcidas, su pelo y barbas despeinados, su capa de pieles y alto billete, hubieran podido inspirar bajo la incierta luz un estudio a Rembrandt si éste hubiera vivido en aquella época. En aquella postura permaneció el judío por espacio de tres horas; poco después se oyeron pasos en las escaleras que conducían al calabozo. Los goznes gimieron cuando se abrió la puerta y Reginald Front-de-Boeuf, seguido por los dos esclavos sarracenos del templario, entró en la mazmorra.
Front-de-Boeuf, hombre alto y fornido, curtido en la guerra y en los continuos altercados, nunca había dudado en echar mano de cualquier recurso para aumentar su poder feudal. Tenía unas facciones acordes con su carácter, y que expresaban las más orgullosas y malignas pasiones. Las cicatrices que deformaban su cara, en otro rostro hubieran excitado la simpatía o el respeto, porque se las hubiera considerado como huellas del valor; pero, en el caso especial de Front-de-Boeuf sólo aumentaban la ferocidad de su semblante. Su presencia sólo provocaba el temor. Vestía un coleto de cuero, muy ceñido al cuerpo, sucio y rozado por la armadura. No llevaba armas, excepción hecha de un puñal que servía de contrapeso al manojo de llaves que pendían de su lado derecho.