Ivanhoe
Ivanhoe —Hubiera deseado —dijo el normando algo suavizado— saber esto con anterioridad. Pensaba que vuestra raza sólo amaba los sacos de dinero.
—No nos creáis tan viles, aunque seamos judÃos —dijo Isaac, deseoso de aprovechar aquel momento de aparente simpatÃa—. El zorro al que se da caza, el gato salvaje al que se tortura, aman a sus retoños. ¡Los despreciados y perseguidos judÃos aman a sus hijos!
—Si es asà —dijo Front-de-Boeuf—, lo tendré en cuenta en el futuro. Isaac, por tu propia salvación…, esto no ayuda en nada, no puedo evitar lo que ha sucedido o lo que se derivará de ello. He dado mi palabra a mi camarada de armas y no la romperÃa ni por diez judÃos y judÃas juntos. Además, ¿qué razones tienes para pensar que esto perjudicará a la muchacha, incluso si se convierte en el botÃn de Bois-Guilbert?
—Será algo malo, tiene que serlo a la fuerza —exclamó Isaac, retorciéndose las manos de pena—. ¿Cuándo el aliento de un templario ha dejado de ocasionar crueles penas a los hombres y deshonor a las mujeres?
—¡Perro infiel! —dijo Front-de-Boeuf con los ojos chispeantes y quizá no del todo disgustado por la ocasión de excitarse—. No blasfemes de la Orden del Templo de Sión y procura en su lugar el rescate que has prometido o de lo contrario voy a abrir tu garganta judÃa.