Ivanhoe
Ivanhoe —¡Ladrón y villano! —dijo el judÃo devolviendo los insultos de su opresor con pasión tal que, aunque impotente, no podÃa reprimir—, ¡Nada he de pagarte, ni una sola moneda de plata te daré a no ser que mi hija me sea devuelta con honra y salud!
—¿Estás en tus cabales, israelita? —dijo el normando secamente—. ¿Poseen tu carne y tu sangre algún encantamiento que las protejan de los hierros al rojo y del aceite hirviente?
—¡Nada me importa! —dijo el judÃo, cuyo afecto paternal le abocaba a la desesperación—. Haz conmigo lo peor. Mi hija es carne y sangre mucho más querida por mà que estos miembros que amenazas. No te daré ninguna plata a no ser que fuera derretida y derramada en tu garganta… ¡No, ni una moneda de plata te daré, nazareno, aunque fuera por salvarte de la condenación que mereces por tu indeseable vida! Toma mi vida si quieres y no olvides que el judÃo, en medio de las torturas, sabe cómo defraudar al cristiano.
—¡Lo veremos! —dijo Front-de-Boeuf—. ¡Por el tronco bendito que es la abominación de tu maldita tribu, que has de sufrir los rigores del fuego y del acero! ¡Desnudadle, esclavos, y encadenadle a las barras del fogón!