Ivanhoe
Ivanhoe Hasta aquí Rowena había interpretado su papel con indomable valor, debido a que no se había creído que el peligro fuera tan serio e inminente. Sus facciones correspondían a las que los fisonomistas consideran propias de las complexiones rubias: suaves, tímidas y gentiles, pero habían sido templadas y en cierto modo endurecidas por las circunstancias que concurrieron en su educación. Acostumbrada a que todos cedieran ante sus deseos (incluso Cedric, que tan arbitrario solía mostrarse con los demás), había adquirido aquella especie de valor y confianza en sí misma, resultado de la habitual y constante deferencia del círculo en que uno se mueve. Difícilmente podía concebir la posibilidad de que alguien se opusiera a sus designios, y mucho menos verse tratada con total desconsideración.
Su altanería y costumbre de dominar eran en cierto modo ficticias y estaban como superpuestas a su carácter natural, por lo que la abandonaban cuando abría los ojos a la magnitud del peligro. Éste era el caso, en cuanto al futuro que aguardaba a su amado y a su tutor. Y cuando sus deseos, cuya mínima expresión siempre había originado respeto y atención, se opusieron a los de un hombre fuerte y de mente decidida, que además la aventajaba en determinación, su entereza se derrumbó.