Ivanhoe
Ivanhoe —¿Tu vida, pequeña? —contestó la sibila—. ¿Por qué habrÃan desear tu vida? Créeme, tu vida no está en peligro. Te harán servir para los menesteres para los que antes usaban a nobles doncellas sajonas. ¿Se quejará una judÃa por no alcanzar mejor suerte? MÃrame. Era tan joven y doblemente guapa que tú cuando Front-de-Boeuf, padre de este Reginald, y sus normandos asaltaron el castillo. Mi padre y sus siete hijos defendieron su propiedad piso por piso, cámara por cámara. No quedó habitación ni tramo de la escalera que no se hiciera resbaladizo con su sangre. Murieron…, murieron todos, y antes de que se enfriaran sus cuerpos y se secara su sangre, ¡yo ya era presa y escarnio del conquistador!
—¿Nadie me ayudará? ¿No hay manera de escapar? —dijo Rebeca—. ¡Espléndidamente recompensarÃa tu ayuda!
—¡Ni lo pienses! —dijo la vieja—. De aquà no se escapa sino por puerta de la muerte y tarda mucho, mucho, antes de que se abra para nosotros —añadió, sacudiendo su cabeza gris—. Pero es un consuelo pensar que dejamos sobre la tierra a los que por fuerza habrán de seguirnos. ¡Que te vaya bien, judÃa! JudÃa o gentil, tu suerte serÃa la misma porque tienes que habértelas con aquéllos que no tienen ni escrúpulos ni piedad. Que te vaya bien, repito. Mi copo ya está hilado…, tu tarea tiene todavÃa que empezar.