Ivanhoe
Ivanhoe —Mi cuna, padre, no fue tan vil como mis harapos podrÃan dar a entender. Era libre, era feliz, se me honraba, amaba y era amada. Ahora soy una esclava miserable y envilecida. La diversión de las pasiones de mis amos mientras conservé la belleza. El objeto de su desprecio, de sus chanzas, de su odio cuando se desvaneció mi juventud. ¿Os maravillaréis, padre, de que odie a la humanidad entera y, sobre todo, a la raza que ha obrado este cambio en mÃ? ¿Puede la arrugada anciana que tenéis delante, cuyo odio únicamente se puede desahogar con maldiciones, olvidar que fue la hija del noble señor de Torquilstone, ante el cual temblaban mil vasallos ante uno solo de sus pestañeos?
—¡Tú la hija de Torquil Wolfganger! —exclamó Cedric, mientras retrocedÃa—. ¿Tú…, tú…, la hija de aquel noble sajón amigo y compañero de armas de mi padre?
—¡El amigo de tu padre! —dijo Urfried como un eco—. Entonces, ante mà está Cedric el Sajón, porque el noble Hereward de Rotherwood únicamente tuvo un hijo cuyo nombre es bien conocido entre sus paisanos. Pero si tú eres Cedric de Rotherwood, ¿a qué viene ese hábito? ¿Has desesperado de salvar a tu paÃs y has buscado refugio contra la opresión en las sombras de un convento?