Ivanhoe
Ivanhoe —Ya puedes imaginártelo, pero no lo preguntes. AquÃ, aquà he vivido, y hasta el tiempo, muy prematuramente, marcó mi rostro con sus fantasmagóricos rasgos. Insultada y objeto de befa donde antes habÃa sido obedecida, fui obligada a que mi venganza, que antes tenÃa tan ancho campo, se desahogara con insultos y mezquinas maldiciones y blasfemias de un vejestorio impotente. Estuve condenada a oÃr, desde mi torreón, los sones de las francachelas que un dÃa compartà o los chillidos y gritos de nuevas vÃctimas de la opresión.
—Ulrica —dijo Cedric—, siendo poseedora de un corazón que, creo, lamenta todavÃa sus mal recompensados crÃmenes tanto como los hechos que hubieran hecho posible tal recompensa, ¿cómo te atreves a dirigirte a alguien que viste estos hábitos? Considera, mujer infeliz, qué cosa podrÃa hacer por ti el mismo san Eduardo si se te apareciera. El real confesor tenÃa divinos poderes para limpiar de úlceras el cuerpo, pero sólo el mismo Dios puede curar la lepra del alma.