Ivanhoe
Ivanhoe —No me abandones, despiadado profeta de la condenación —exclamó ella—, y dime, si puedes, en qué han de acabar estos remordimientos que me atormentan en mi soledad. ¿Por qué las acciones realizadas hace tanto tiempo se levantan ante mà tomando la forma de nuevos e irresistibles horrores? ¿Qué destino le espera más allá de la tumba a aquélla a quien Dios ha asignado tan horrible e indeciblemente malvado papel sobre la tierra? ¡Mejor serÃa que me llevaran Woden, Hertha y Zernebock, Mista y Skogula, dioses de nuestros paganos antecesores, que no tener que afrontar los terribles presentimientos que desde hace poco asaltan mis horas de insomnio y mis sueños!
—No soy un religioso —dijo Cedric, desviando la mirada de aquel desagradable cuadro de abominación y desesperación—; no soy un religioso, aunque vista ropas de fraile.
—Clérigo o seglar —contestó Ulrica—, tú eres el primer hombre que he visto en veinte años temeroso de Dios y respetado por los humanos; ¿vas a abandonarme en mi desesperación?
—Arrepiéntete —contestó Cedric—, reza y haz penitencia y serás aceptada por Dios. Pero yo no puedo, no quiero permanecer más contigo.