Ivanhoe
Ivanhoe Cedric no era muy ducho en el arte del disimulo, y de buena gana hubiera querido poseer un solo ápice del fértil e ingenioso cerebro de Wamba. Pero, de acuerdo con el antiguo proverbio, la necesidad aguza el ingenio y murmuró algo bajo su capucha relacionado con forajidos excomulgados por la ley y por la Iglesia.
—¡Despardieux, habéis dicho la verdad! —exclamó Front-de-Boeuf—. HabÃa olvidado que estos bribones saben cómo despanzurrar a un abad gordo con tanta habilidad como lo hacen los que habitan al otro lado del canal salado. ¿No fue a san Iván al que ataron a una encina y le obligaron a cantar misa mientras ellos le desvalijaban? No, por Nuestra Señora, tal chanza fue ejecutada por Gualtier de Middleton, uno de nuestros camaradas. Pero sajones eran los que saquearon la capilla de san Bees, llevándose consigo el cáliz, los candelabros y la patena. ¿Eran sajones o no?
—Eran hombres descreÃdos —contestó Cedric.
—¡Ah, y se bebieron todo el buen vino y la cerveza que estaba almacenada con destino a muchas secretas francachelas que tienen lugar cuando todos los de vuestra especie nos queréis hacer creer que estáis ocupados con vigilias y maitines! Fraile, ahora tenéis ocasión para vengar tal sacrilegio.
—Estoy dispuesto a vengarme. San Withold conoce los secretos de mi corazón.