Ivanhoe
Ivanhoe —¡A las almenas, entonces! —dijo De Bracy—. ¿Cuándo me has visto preocupado por la cercanÃa de la batalla? Llama al templario y que pelee con la mitad de la bravura que hasta ahora empleó para luchar por su Orden. Acude tú también a la muralla, con tu pesado corpachón. Déjame cumplir con mi obligación a mi manera y te aseguro que los bandidos sajones antes han de escalar las nubes que no el castillo de Torquilstone; o, si quieres tratar con los bandidos, ¿por qué no empleas los servicios de este valeroso caballero que tan enfrascado parece en la contemplación de la jarra de vino? ¡Eh, sajón! —continuó dirigiéndose a Athelstane y, tendiéndole una copa, dijo—: Limpia tu garganta con este noble licor y alienta tu ánimo para declarar lo que serÃas capaz de hacer para ganar la libertad.
—Aquello que pueda hacer un hombre sin deshonrarse —contestó Athelstane—, sin traicionar su virilidad. Dejadme libre con mis compañeros y pagaré un rescate de mil marcos.
—¿Y además nos asegurarás que toda esa chusma que merodea por los alrededores se retirará?
—Haré lo que pueda para que se retiren —contestó Athelstane—, pero sólo temo que mi padre Cedric no lo vea con buenos ojos.