Ivanhoe
Ivanhoe —¿Tu prometida? ¿Lady Rowena la prometida de un vasallo como tú? —dijo De Bracy—. Sajón, tú sueñas que los dÃas de tus siete reinos han vuelto. Te hago saber que los prÃncipes de la casa de Anjou no conceden sus pupilas a gente de tu ralea.
—Mi alcurnia, altivo normando —replicó Athelstane—, procede de surcos más limpios y puros y antiguos que los de un mendigo francés que se gana la vida vendiendo la sangre de los ladrones que se cobijan bajo su infame estandarte. Reyes fueron mis antepasados, fuertes en la guerra y sabios en el consejo, y cada dÃa agasajaban en sus salones a más centenares que individuos a ti te siguen; sus nombres han sido cantados por los trovadores y sus leyes registradas en códigos; sus huesos han sido enterrados entre cánticos y rezos de santos y sobre sus tumbas se han edificado monasterios.
—Te la has ganado, De Bracy —dijo Front-de-Boeuf, complacido por el chasco que habÃa recibido de su compañero—. El sajón te ha dado en el blanco.
—Tanto como puede hacerlo un prisionero —dijo De Bracy con afectada indiferencia—, ya que aquél que tiene las manos atadas bien puede tener libre la lengua. Pero tu agudeza en responder, camarada, no dará la libertad a lady Rowena.