Ivanhoe
Ivanhoe —¡Un compañero herido! —replicó iracundo y sorprendido—. No me extraña que bribones y monteros se hayan vuelto tan presuntuosos como para sitiar castillos, ni tampoco que bufones y porquerizos manden desafÃos a los nobles, cuando podemos ver cómo las personas de armas se convierten en enfermeras y los componentes de la compañÃa de mercenarios han sido educados para ejercer de plañideras junto al lecho de un moribundo mientras el castillo está a punto de ser asaltado. ¡A las almenas, villanos holgazanes! —exclamó levantando tanto la voz que hizo resonar las bóvedas—. ¡A las almenas si no queréis que pulverice vuestros huesos con este trinchante!
Los hombres replicaron que no tenÃan otro deseo que acudir las almenas siempre que él se comprometiera a entendérselas con mi amo, que les habÃa encargado atender al moribundo.
—¡El moribundo, truhanes! —contestó el barón—. Puedo aseguraros que no tardaremos en estar todos moribundos si no sabemos aguantar bravamente. Bien relevaré la guardia de este dolorido compañero vuestro. ¡AquÃ, Urfried! Vejestorio, diablo de una bruja sajona, ¿no me oyes? Cuida de este compañero enfermo hasta que lo necesite y asà estos bribones podrán usar las armas. Aquà tenéis estas ballestas con su tensor y dardos. ¡A la barbacana, y procurad que cada tiro atraviese una sesera sajona!