Ivanhoe
Ivanhoe Varios domésticos, cuyos vestidos oscilaban entre la riqueza de los de su dueño y la sencillez de los de Gurth, el porquerizo, vigilaban las miradas y esperaban las órdenes del noble sajón. Dos o tres sirvientes de más alto rango permanecían de pie sobre el dosel, detrás de su amo, y el resto en la parte más baja. También había otros sirvientes de diferente especie, a saber: tres o cuatro ágiles galgos empleados en la caza del ciervo y del lobo; otros tantos mastines de buena casta, huesudos, de cuello grueso, grandes cabezas y orejas largas; además de uno a dos perros de una raza pequeña, llamada terrier, que aguardaban con impaciencia la llegada de la cena, aunque la sagacidad peculiar de su especie en interpretar la expresión de los rostros humanos, les aconsejaba no alterar el silencio de su amo, temerosos, con seguridad, de un bastón blanco que tenía éste a su alcance con el visible propósito de utilizarlo para repeler los avances demasiado atrevidos de sus servidores de cuatro patas. Sólo un viejo perro lobo se había atrevido, con la confianza de un favorito mimado, a situarse cerca de la silla de honor y a aventurarse ocasionalmente a solicitar la atención de su amo colocándole su grandota cabeza sobre la rodilla o bien hociqueando su mano. A veces era repelido por una ruda orden: «¡Baja, Balder, baja! No estoy para juegos».