Ivanhoe
Ivanhoe No dispusieron de mucho tiempo para lamentar que esta fuente de información les hubiera fallado. De pronto, el alboroto en el interior del castillo, causado por los preparativos de defensa y que habla levantado gran ruido durante algún tiempo, se convirtió en un clamor y un barullo diez veces más inquietantes. Los pesados, aunque apresurados pasos de los hombres de armas, atravesaban los muros o resonaban en los retorcidos pasadizos y escaleras que conducían a las barbacanas y otros puntos de defensa. Se oían las voces de los caballeros dictando sus órdenes y dirigiendo las maniobras, aunque muchas veces su sonido era ahogado por el clamor y el estruendo del entrechocar de armaduras. Por tremendo que fuera tal alboroto y por más tremendos que aún fueran los acontecimientos que anunciaban, había en todo ello algo sublime que la fina sensibilidad de Rebeca no dejó de percibir, incluso en aquellos terroríficos instantes. Su mirada era dulce aunque la sangre había afluido a sus mejillas, y sentía una combinación de miedo y un sentimiento sublime y maravilloso, mientras repetía, mitad para sí, mitad para su compañero, aquel texto sagrado:
Resuenan las aljabas,
brillan lanzas y escudos,
los gritos de los capitanes y el de la muerte.