Ivanhoe

Ivanhoe

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Pero Ivanhoe, como el caballo de batalla descrito en este mismo pasaje sublime, estaba ardiendo de impaciencia por su inactividad y poseído de incontenibles deseos de intervenir en la lucha de la que era preludio aquel alboroto.

—Si pudiera arrastrarme hasta aquella ventana —decía—, tan sólo para poder ver cómo se desarrolla el combate. ¡Si tuviera un arco para disparar una flecha, o poseyera un hacha para golpear, bastaría un solo molinete para quedar libres! Pero es en vano…, es en vano… Estoy, al mismo tiempo, sin fuerzas y desarmado.

—No te excites, noble caballero —contestó Rebeca—. Los sones han cesado de súbito, quizá signifique que no van a combatir.

—No entiendes nada —dijo Wilfred con impaciencia—. Este silencio sólo demuestra que los hombres ya ocupan el lugar asignado en las murallas y que están esperando un ataque súbito; es el silencio que precede a la tormenta. Estallará al instante con toda su furia. ¡Si pudiera llegar a la ventana!

—No conseguirías nada más que abrir tu herida, noble caballero —replicó su enfermera. Y observando sus grandes deseos, añadió con firmeza—: Yo misma me situaré en el alféizar y te describiré como pueda lo que sucede.


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