Ivanhoe
Ivanhoe —¡No debes hacerlo! ¡No lo hagas! —exclamó Ivanhoe—. Cada postigo, cada abertura, será pronto blanco de los arqueros; cualquier flecha perdida…
—¡Será bienvenida! —murmuró Rebeca mientras subÃa con paso firme dos o tres escalones que conducÃan a la ventana.
—¡Rebeca, querida Rebeca! —exclamó Ivanhoe—. Esto no en un pasatiempo para doncellas. No te expongas a ser herida o muerta y me hagas un desgraciado para siempre; por lo menos cúbrete con aquel viejo broquel y muéstrate tan poco como el quicio lo permita.