Ivanhoe
Ivanhoe —¡Ay! —suspiró Rebeca, abandonando su posición junto a la ventana y acercándose al lecho del caballero herido—. Estas impacientes exclamaciones, los excesos con que aumentáis vuestra debilidad, no dejarán de perjudicar vuestra recuperación. ¿Cómo podéis esperar herir a los demás antes de que cicatrice la herida que habéis recibido?
—Rebeca —replicó—, tú no puedes saber cuán imposible le resulta a uno que ha sido criado para las acciones de caballerÃa permanecer en actitud pasiva como un clérigo o una mujer, y más cuando se realizan grandiosas hazañas a su alrededor. El amor a la batalla es el pan que nos alimenta, el polvo de los encuentros es lo mejor que podemos respirar. No vivimos, no deseamos vivir ni sobrevivir a nuestra victoria y renombre. Éstas, doncella, son las reglas de la caballerÃa a las que hemos prestado juramento y a las cuales sacrificamos todo aquello que nos es más querido.
—¡Ay! —dijo la hermosa judÃa—, ¿y acaso, valiente caballero, tiene más importancia que un sacrificio dedicado al demonio? ¿Qué provecho sacáis de toda la sangre derramada, de todos los trabajos y dolores que habéis sufrido, de todas las lágrimas que vuestras proezas han hecho derramar, cuando la muerte consigue romper la lanza del hombre fuerte y superar la velocidad de su caballo de batalla?