Ivanhoe
Ivanhoe —Nada —dijo la judÃa—, todo en él es negro como el ala del cuervo nocturno. Nada puedo ver que lo caracterice, pero habiéndole visto desplegar su fuerza en el combate, creo que le reconocerÃa entre mil guerreros. Acude a la lucha como si se dispusiera a asistir a un banquete. Es algo más que la fuerza. Da la sensación de que pone toda su alma y coraje en cada golpe que asesta a sus enemigos. ¡Que Dios le absuelva del pecado de derramar tanta sangre! Da miedo, al mismo tiempo que impresiona, contemplar cómo el brazo y el corazón de un hombre pueden triunfar sobre centenares.
—Rebeca —dijo Ivanhoe—, acabas de describir a un héroe; seguramente sólo descansarán para tomar aliento o para estudiar el modo de cruzar el foso. Bajo el mando de un jefe como el que has descrito, no hay lugar para miedos de pajarraco, ni retrasos que enfrÃen la sangre, ni abandonos de empresas sublimes, ya que las circunstancias que las hacen arduas son las mismas que las convierten en gloriosas. Juro por el honor de los mÃos, prometo en el nombre de la hermosa dama de mis amores, que sufrirÃa gustoso diez años de cautiverio si pudiera luchar al lado de este buen caballero en el presente combate.