Ivanhoe

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«¡Cuán poco conoce lo que mi pecho alberga —se decía—, al imaginar que albergo la cobardía y un alma mezquina porque he censurado la fantasiosa caballería de los nazarenos! ¡Ojalá pluguiera al cielo que mi sangre derramada gota a gota bastara para redimir al pueblo de Judá de su cautividad! ¡No, mejor pluguiera a Dios que fuera posible liberar a mi padre y a este benefactor suyo de las cadenas del opresor! ¡El orgulloso cristiano vería entonces si la hija del pueblo elegido no se atrevía a morir tan bravamente como cualquier vana doncella nazarena que presume de descender de algún vanidoso capitán del árido y frío septentrión! —Miró entonces al lecho del caballero herido y prosiguió con sus reflexiones—. Duerme. La naturaleza exhausta por el sufrimiento y el derroche de fuerzas se aprovecha del primer momento de relativo descanso y le sumerge en el sueño reparador. ¿Será un crimen que le mire cuando quizás es la última vez que lo hago? ¡Quizá dentro de poco ya no animarán su rostro la valentía y la decisión que no le abandonan ni aun en sueños! Cuando se distienda su nariz, se entreabra su boca y tenga los ojos fijos e inyectados en sangre, y cuando el orgulloso y noble caballero sea pisado por el más bajo criado de este maldito castillo, y no se mueva cuando le hiera el talón. ¡Y mi padre! ¡Oh, mi padre! ¡Vergüenza para la hija que ha olvidado sus canas pensando tan sólo en los rizos rubios de la juventud! ¿Es que no sé que todos los males que me afligen son los mensajeros del castigo que Jehová envía a la hijita desnaturalizada que se preocupa antes por el cautiverio de un extraño que de los sufrimientos de su padre, que olvida la desolación de Judá y contempla complacida la belleza de un extraño? ¡Pero arrancaré de mi corazón esta locura aunque cada fibra sangre al hacerlo!»


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