Ivanhoe
Ivanhoe —Llámalos otra vez —dijo el vejestorio con una sonrisa de sardónica burla—. Congrega a tus vasallos a tu alrededor, condena a los que tarden con el látigo y la mazmorra. Pero debes saber, poderoso jefe —continuó mientras cambiaba de tono—, que nunca te contestarán, tampoco podrán ayudarte ni jamás obedecerán tus órdenes. Escucha estos espantosos sones —el alboroto de los renovados ataques llegaba ahora desde las murallas—. Este grito de guerra significa el fin de tu casa. El edificio del poder de Front-de-Boeuf, construido con sangre, tiembla en sus propios cimientos y, además, ante los enemigos que más despreció. ¡Los sajones, Reginald! ¡Los desdeñados sajones asaltan tus murallas! ¿Por qué yaces ahà como un ciervo extenuado cuando los sajones invaden tu plaza fuerte?
—¡Dioses y demonios! —exclamó el herido caballero—. ¡Cuánto darÃa por recobrar las fuerzas aunque fuera tan sólo por un momento y poder reincorporarme al combate para morir según mi fama!
—¡Ni lo pienses, valiente guerrero! No tendrás la muerte heroica del soldado, porque estás destinado a perecer como la zorra en su madriguera después de que los campesinos le han prendido fuego a la maleza.