Ivanhoe

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—¡El diablo se lleve la campana que da el toque de queda y al tiránico bastardo que la inventó, así como también al desalmado que osa pronunciar su nombre con una lengua sajona para un oído sajón! ¡El toque de queda! —bramó, después de tomar aliento—: ¡lo que nos faltaba, el toque de queda que obliga a los hombres honrados a apagar las luces para que los ladrones y bandoleros puedan cometer sus fechorías en la oscuridad! Sí, sí; el toque de queda. Reginald Front-de-Boeuf y Philip de Malvoisin saben tanto para qué sirve como Guillermo el Bastardo o cualquier aventurero normando que haya tomado parte en la batalla de Hastings[3]. Llegaré a oír, me temo, que mis propiedades han sido saqueadas con el único objeto de evitar que los bandidos, a los cuales no pueden mantener si no es mediante el robo y el hurto, mueran de inanición. Apostaría que mi fiel servidor ha sido asesinado y apresados mis bienes… Y Wamba…, ¿dónde se ha metido Wamba? ¿Me has dicho que había salido con Gurth? —Oswald contestó afirmativamente—. Bueno, ¡esto es aún mejor! También han raptado al payaso sajón para que sirva al señor normando. En realidad, los locos somos nosotros al quererles servir. Somos individuos más apropiados para provocar su risa y desprecio que los que han nacido solamente con la mitad de sus facultades mentales. Pero me vengaré —añadió, saltando con impaciencia de su silla ante el supuesto agravio y empuñando el rejón—. Me quejaré al Consejo, tengo amigos, tengo partidarios… Hombre por hombre desafiaré a los normandos que vengan con sus escudos y cotas de malla y todos los arreos que puedan dar una apariencia de gallardía a su cobardía. Con una jabalina como ésta he atravesado una armadura tres veces más resistente que cualquiera de las suyas. Me consideran un anciano, pero pronto se han de dar cuenta de que, aunque solo y desamparado, la sangre de Hereward corre por las venas de Cedric… ¡Wilfred, Wilfred! —exclamó, bajando la voz—. Ojalá hubieras podido dominar la irracional pasión que te poseía, así tu padre no estaría a su edad abandonado como el roble solitario que agita sus ramas impotentes contra el furor desatado de la tormenta. —Esta reflexión pareció convertir en tristeza su irritación, pues volviendo a dejar la jabalina en su sitio, se sentó, dirigió la mirada al suelo y pareció quedar absorto en las más melancólicas reflexiones.


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