Ivanhoe
Ivanhoe Cedric lanzó una furiosa mirada a la atrevida doncella, pero se contuvo, porque todo lo que hacía referencia a Rowena gozaba del privilegio de estar a salvo de su ira. Solamente replicó:
—Silencio, muchacha; tu lengua traiciona tu discreción. Lleva mi recado a tu ama y deja que ella decida. Por lo menos, aquí todavía es una princesa la descendiente de Alfred.
Tras oír esto, Elgitha abandonó la sala.
—¡Palestina! —repetía el sajón—. ¡Palestina! ¡Cuántos hay que prestan oídos a los cuentos que traen de aquella tierra fatal los cruzados disolutos y los peregrinos hipócritas! Yo también podría preguntar…, también tengo motivos para inquirir…, también podría escuchar con el corazón latiendo desacompasadamente las fábulas que los vagabundos se inventan para forzar nuestra hospitalidad… Pero, no… El hijo desobediente ya no es mi hijo y no me he de preocupar más por su suerte que por la del más inútil de entre los millones que han bordado una cruz en su hombro, se han lanzado a los excesos y a las más culpables matanzas, llamando a todo ello el cumplimiento de la voluntad de Dios.