Ivanhoe

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—Pues sí me sabe mal, bergante —dijo Cedric—, que me hayas obligado a suponer lo contrario por espacio de dos horas y me hayas hecho maquinar venganzas contra mis vecinos por ofensas que no han cometido. Te lo advierto, los grilletes y una celda de la prisión te esperan la próxima vez que se te ocurra hacerme algo semejante.

Gurth, conocedor del temperamento irritable de su amo, no intentó disculparse; no así el bufón, que contaba con la tolerancia de Cedric debido a los privilegios de que goza un loco. Y contestó por los dos:

—En verdad, tío Cedric, no dais esta noche grandes muestras de seso.

—¿Cómo habéis dicho, señor mío? —preguntó su amo—. Mira que te mando a la garita del portero para que pruebes allí el sabor del látigo si te atreves a llevar tu insensatez hasta ese punto.

—Primero, sírvase su sabiduría aclararme —dijo Wamba— si es justo y razonable castigar a alguien por la falta cometida por otro.

—Claro que no, imbécil —contestó Cedric.

—Entonces, decidme. ¿Y quién se atrevió a dejar cojo a un animal que pertenecía a uno de mis siervos? —preguntó el sajón, temblando de ira.


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