Ivanhoe
Ivanhoe Se quitó el velo y observó a los reunidos con una mezcla de pudor y dignidad. Su maravillosa belleza despertó un unánime murmullo de sorpresa, y los caballeros más jóvenes se dijeron con la mirada que la mejor defensa de Brian la hacían sus encantos reales y no los imaginarios de la brujería. Pero Higg, hijo de Snell, se afectó profundamente al contemplar el rostro de su benefactora.
—Dejadme pasar —decía a los guardianes de la puerta de la sala—. ¡Dejadme pasar! ¡Quiero salir! Si la miro de nuevo moriré por la parte que he tenido en su perdición.
—Ve tranquilo, pobre hombre —dijo Rebeca al oír sus exclamaciones—. No me has causado mal por decir la verdad ni puedes ayudarme con tus quejas y lamentos. Ten paz, te lo ruego. Vete a casa y ponte a salvo.
Higg estuvo a punto de ser expulsado por los guardianes, quienes, al sentir compasión por él, temían que su pena expresada en voz alta fuera motivo para que les reprendieran y al mismo tiempo representara un castigo para el inválido. Pero éste prometió guardar silencio y le dieron permiso para permanecer allí. Fueron llamados a testimoniar, entonces, los dos soldados a los cuales Albert Malvoisin no había olvidado de aleccionar sobre lo que tenían que decir.