Ivanhoe

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El dulce tono de su voz, da suavidad de su réplica, causaron en la audiencia un sentimiento de conmiseración y simpatía. Pero Beaumanoir sostenía el criterio de que la supresión de cualquier sentimiento humanitario que pudiera interferirse en lo que él consideraba su deber, tenía forzosamente que ser una virtud por sí misma. Por eso repitió la orden para que su víctima fuera despojada del velo. Estaban a punto de quitarle el velo los guardianes, cuando la joven judía se levantó ante el gran maestre.

—¡Por el amor de vuestra hija! —exclamó; pero después, dándose cuenta, añadió—: ¡Ay, pero si no las tenéis! Entonces, por el recuerdo de vuestra madre, por el amor a vuestras hermanas y por la decencia femenina, no permitáis que me toquen en vuestra presencia. No resulta adecuado que una doncella sea privada de sus atavíos por tales criados. Obedeceré —añadió, con tal expresión de doliente pena en sus ojos y en su voz, que casi consiguió estremecer el corazón del mismo Beaumanoir—. Sois los ancianos de vuestro pueblo y a vuestro requerimiento mostraré el rostro de una desdichada doncella.





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