Ivanhoe

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Todos estos pormenores, tan normales y triviales, fueron considerados como pruebas graves, fundamentalmente sospechosas, y que proporcionaban la casi evidencia de que Rebeca mantenía ilícita correspondencia con poderes de otro mundo.

Pero no había testimonio, por increíble que fuera, que la audiencia o la mayor parte de ella no diera por válido de buena gana. Uno de los soldados la había sorprendido curando la herida de otro soldado que él había llevado a Torquilstone. Contó que la judía realizó cabalísticos signos sobre la herida mientras repetía algunas palabras misteriosas, y puso a Dios por testigo de que nada había podido entender; entonces la punta de flecha se separó por sí sola de la herida, la hemorragia se detuvo, cerróse la llaga, y el moribundo, al cabo de un cuarto de hora, ya se paseaba por las murallas ayudando al testigo a manejar una palanca para arrojar piedras al enemigo. Esta leyenda quizá tenía su fundamento en el hecho de la cura que Rebeca le había hecho a Ivanhoe en el castillo. Pero resultaba difícil discutir la veracidad de aquel testigo, ya que, para respaldar su declaración verbal, sacó de su bolsa la punta de dardo de ballesta que, según su relato, había salido milagrosamente de la herida, y como la punta de hierro pesaba una onza justa, confirmó el relato por fantástico que pareciera.


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