Ivanhoe
Ivanhoe —Invocar vuestra piedad —dijo la hermosa judÃa con voz algo trémula de emoción—, estoy segura de que serÃa tan inútil como vano decir que curar a los enfermos y heridos de otra religión no puede ser causa de descontento para el Creador que ambos reconocemos. De nada servirÃa alegar que muchas de las cosas que estos hombres (¡el cielo les perdone!) han dicho son imposibles, de poco me iba a servir ya que creéis en la posibilidad de que sean ciertas. Y, también de poca utilidad que explicara que mi vestido, lenguaje y costumbres son las del pueblo al cual pertenezco… He estado a punto de decir de mi patria, pero ¡ay!, no la tenemos. Ni tampoco quiero justificarme a expensas de mi opresor, que se encuentra allà escuchando las mentiras y consintiéndolas porque convierten en vÃctima al tirano. Dios nos juzgará a él y a mÃ, pero antes prefiero sufrir diez muertes iguales a la que tendréis el placer de imponerme que continuar oyendo las proposiciones que este hombre de Belial me hacÃa cuando me encontraba sin amigos, sin defensa y era su prisionera. Pero él profesa vuestra misma fe y su más ligera insinuación pesarÃa más que las más solemnes protestas de una judÃa. No echaré sobre él, por lo tanto, las culpas que me atribuÃs. Pero a él, a Brian de Bois-Guilbert, apelo para que diga si estas acusaciones son ciertas o falsas, si son tan monstruosas y calumniadoras como mortales.