Ivanhoe

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Se produjo una pausa; todos los ojos miraban a Bois-Guilbert, que guardaba silencio.

—Habla —dijo ella—. Si eres hombre, si eres cristiano, ¡habla! Te conjuro por el hábito que vistes, por el nombre que has heredado, por la orden de caballería que has adoptado, por el honor de tu madre, por la tumba y los huesos de tu padre, te conjuro a declarar si todo lo que de mí se ha dicho es verdad.

—Contéstalo, hermano —dijo el gran maestre—, si el enemigo con el cual luchas te lo permite.

De hecho, Bois-Guilbert parecía agitado por encontradas pasiones, que casi hacían convulsionar su cara. Entonces, con voz sofocada y mirando a Rebeca, gritó:

—¡El papel! ¡El papel!

—¡Ay! —dijo Beaumanoir—. Ésta es la verdadera prueba. La víctima de sus brujerías sólo puede nombrar el papel fatal en el cual, sin duda, está escrito el encantamiento que es la causa de su silencio.

Pero Rebeca dio otra interpretación a las palabras que parecía haber pronunciado Bois-Guilbert y, posando la mirada sobre el trozo de papel que aún tenía en la mano, vio que en él venía escrito en caracteres arábigos: «¡Pide un campeón!». La ola de comentarios que originó la extraña réplica de Bois-Guilbert dio tiempo a Rebeca para leerlo y destruirlo inmediatamente sin que nadie se diera cuenta de nada. Cuando los murmullos cesaron, habló el gran maestre:


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