Ivanhoe
Ivanhoe —Rebeca, ningún provecho sacarás del testimonio del desgraciado caballero, sobre el cual, podemos comprobarlo, el enemigo tiene tanto poder. ¿Tienes algo más que decir?
—TodavÃa me queda una última oportunidad de salvar la vida, incluso según vuestras leyes implacables. Mi vida ha sido miserable, miserable por lo menos recientemente. Pero no rehusaré el don de Dios mientras Él me dé medios para conservarlo y defenderlo. Niego tu inculpación: sostengo mi inocencia y declaro la falsedad de esta acusación. Reclamo el privilegio, del juicio por combate, el Juicio de Dios, y seré representada por mi campeón.
—¿Y quién, Rebeca —replicó el gran maestre—, enristrará la lanza por una hechicera? ¿Quién será el campeón de una judÃa?
—Dios me proporcionará un campeón —dijo Rebeca—. Es imposible que en Inglaterra, la hospitalaria, la generosa, la libre, donde tantos están dispuestos a poner su vida en peligro por el honor, no se encuentre a alguien dispuesto a luchar por la justicia. Pero es suficiente, porque desafÃo a combate ante Dios a este juicio. Ahà va mi prenda.
Se quitó de la mano el guante bordado y lo tiró ante el gran maestre, con un aire de sencillez y dignidad que provocó la sorpresa y la admiración generales.