Ivanhoe
Ivanhoe —¡Triste la hora en que Israel aprendió tal arte! Pero la adversidad doma los corazones como el fuego vence al acero. Aquéllos que no pueden gobernarse a sà mismos y los que abandonaron su estado libre e independiente, deben inclinarse ante el extranjero. Es nuestra maldición, caballero, y sin lugar a dudas merecida por vuestras faltas y por los pecados de nuestros padres. Pero tú, que te jactas de tu libertad como si fuera un derecho adquirido por nacimiento, ¡cuánto mayor es tu desgracia ya que te ves obligado a acatar los prejuicios de los demás y, además, contra tus propias convicciones!
—Tus palabras son amargas, Rebeca —contestó Bois-Guilbert, paseando con impaciencia por el aposento—, pero no he venido para intercambiar reproches. Quiero que sepas que Bois-Guilbert no retrocede ante ningún hombre nacido de mujer, aunque las circunstancias puedan inducirle a cambiar momentáneamente sus planes. Su voluntad es como el rÃo que desciende de la montaña, al que se puede obligar a cambiar de curso durante un corto trecho, pero que nunca deja de abrirse paso hacia el océano. Aquel papel que te aconsejaba pedir un campeón, ¿de quién crees que procedÃa sino de Bois-Guilbert? ¿En quién más hubieras podido provocar tal interés?
—Una corta pausa para la muerte implacable, y de poco me habrá de servir. ¿Esto era todo lo que podÃas hacer por la persona sobre cuya cabeza has derramado la angustia y que casi has colocado al borde de la tumba?