Ivanhoe
Ivanhoe —De buena gana —contestó el templario con gravedad— lo serÃa. Pero considera los riesgos, mejor dicho, el deshonor a que me expondrÃa y entonces no me culpes si pongo mis condiciones antes de sacrificar cuanto hasta ahora he tenido por más querido para salvar la vida de una doncella judÃa.
—Habla —dijo Rebeca—, no te he entendido.
—Bien, te hablaré tan claramente como el penitente al padre confesor. Rebeca, si no me presento al combate, perderé mi rango y mi fama. Perderé aquello que constituye el aire que respiro, es decir, la estima que me profesan mis hermanos y las esperanzas que tengo de ser el sucesor y beneficiario de esta poderosa autoridad que goza el anciano beato Beaumanoir, pero de la cual usarÃa de muy diferente modo. Ésta será mi segura condena en el caso de que no peleara contra tu causa con las armas. ¡Maldito sea el de Goodalricke que me preparó esta trampa! ¡Y doblemente maldito Albert Malvoisin, que me hizo desistir de la decisión que habÃa tomado de tirar el guante a la cara del supersticioso loco supervitalicio que hizo caso de una acusación tan absurda, hecha contra una criatura de tan alto espÃritu y tan bellamente formada como tú!