Ivanhoe
Ivanhoe —¿De qué sirven ahora los requiebros y las lisonjas? —contestó Rebeca—. Ya has tomado una decisión entre que se derrame la sangre de una mujer inocente o perjudicar tu propia posición terrenal. ¿Para qué sirven estas comparaciones? Ya has escogido.
—No; Rebeca —dijo el caballero con un tono más suave y acercándose a ella—. No he escogido. FÃjate, eres tú la que tiene que elegir. Si aparezco en liza, debo hacer honor a mi nombre con las armas y, si lo hago asÃ, morirás en la hoguera, tengas o no tengas campeón, porque no existe caballero que me haya vencido con las armas luchando mano a mano, salvo Ricardo Corazón de León y su favorito Ivanhoe. Este último, como tú bien sabes, está imposibilitado para vestir la armadura y Ricardo está en una prisión extranjera. Si comparezco, tu muerte es segura, como lo será para cualquier jovenzuelo que, movido por tus encantos, se decidiera a acudir en tu defensa.
—¿Y de qué sirve repetirlo tantas veces?
—De mucho, pues asà verás las dos caras de tu destino.
—Está bien, vuelve la hoja y déjame ver la otra cara.