Ivanhoe

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Después tendió la mano a Ivanhoe que la apretó contra los labios. Se despidió del prior, montó a caballo y partió en compañía de Wamba. Ivanhoe les siguió con la mirada hasta que se perdieron entre las sombras del bosque vecino. Entonces regresó al convento. Pero poco después del canto de maitines pidió ver al prior. El anciano acudió a toda prisa y le preguntó por su salud.

—Me encuentro mejor —dijo Ivanhoe— de lo que mis más fundadas esperanzas hubieran podido esperar. O mi herida era tan sólo un rasguño o este bálsamo ha obrado maravillas. Creo, incluso, que ya puedo llevar corselete, y es mejor así, porque cruzan por mi mente pensamientos que no me recomiendan permanecer aquí más tiempo inactivo.

—No quieran los santos —dijo el prior— que el hijo de Cedric el Sajón abandone nuestro convento antes de que estén cerradas sus heridas. Sería gran vergüenza para nuestra profesión.

—Yo tampoco abandonaría vuestro techo hospitalaria si no tuviera la seguridad, venerable padre, de poder aguantar el viaje y no me viera obligado a emprenderlo.

—¿Y qué gran necesidad os impulsa a realizar este viaje? —preguntó el prior.


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