Ivanhoe
Ivanhoe —ConfÃteor! ConfÃteor! —exclamaba con tono humilde una voz cerca del rey—. Mis latines no me ayudarán demasiado, pero confieso mi mortal traición y pido que se me deje obtener la absolución antes de ser ejecutado.
Ricardo miró a su alrededor y vio al jovial fraile de rodillas, rezando su rosario, mientras su partesana, que no habÃa estado, ociosa durante la refriega, yacÃa junto a él sobre la hierba. Su expresión era compungida, y para mejor expresar su contrición, los ojos miraban al cielo y los labios colgaban como los adornos de una bolsa, según anotó Wamba. Pero su postura de extrema penitencia era desmentida por la socarronerÃa que le bailaba en el rostro gordinflón y denunciaba que su miedo y compunción eran ficticios.
—¿Qué motivo te ha hecho arrodillar, fraile loco? —preguntó Ricardo—. ¿Temes que tu diocesano tenga noticia de cuán fervientemente sirves a Nuestra Señora y a san Dunstan? ¡Vamos, hombre, no tengas miedo! Ricardo de Inglaterra no traiciona los secretos que se han ahogado en un pellejo de buen vino.
—No, graciosÃsimo soberano —contestó el ermitaño (nadie tan bien conocido de los lectores habituales de los romances que narran las hazañas de Robin Hood como el fraile Tuck)—; no temo al que porta la cruz, sino al que sostiene el cetro. ¡Ay! ¡Que mi puño sacrÃlego haya golpeado la oreja de mi enojado señor!