Ivanhoe
Ivanhoe —¡Rey de forajidos y prÃncipe de buenos individuos! —dijo el rey—. ¿Quién no habrá oÃdo un nombre que ha llegado incluso a Palestina? Pero ten la seguridad, bravo bandido, de que ninguna de las proezas que hayas realizado en mi ausencia y en los tiempos turbulentos que les han dado ocasión, será recordada en detrimento tuyo.
—Bien dice el proverbio —dijo Wamba, ya que algo tenÃa que decir, pero sin su habitual petulancia—: «Cuando no está el gato, los ratones juegan todo el rato».
—¿Qué, Wamba, estabas aquÃ? —dijo Ricardo—. HacÃa tanto tiempo que no oÃa tu voz que creà que habÃas huido.
—¿Huir yo? —dijo Wamba—. ¿Cuándo habéis visto a la locura separarse del valor? Ahà está el trofeo de mi espada, aquel caballo capado. De todos modos, desearÃa de todo corazón que se pusiera de nuevo en pie a condición de que su dueño yaciera allà en su lugar. Verdad es que al principio me retiré algo, porque una blusa de bufón no rompe las puntas de lanza como un corselete de malla dé acero. Pero si bien es verdad que no he luchado a punta de espada, debéis reconocer que di un buen concierto de cuerno.
—Y en buena hora, honrado Wamba —replicó el rey—. Tus buenos servicios no caerán en saco roto.