Ivanhoe
Ivanhoe —Soberano mÃo —dijo el fraile—, os pido humildemente perdón; y muy pronto habrÃais de excusarme si supierais cuán arraigado está en mà el pecado de la pereza. ¡San Dunstan, no nos niegues tu gracia! Permanece quieto en tu hornacina aunque yo haya olvidado mis oraciones mientras mato un venado bien cebado. Si estoy fuera de mi celda durante la noche, haciendo no importa qué, san Dunstan nunca se queja; un amo tranquilo, esto es lo que es, y pacÃfico como ningún otro de madera. Ser montero al servicio de Su Majestad el Rey, es gran honor, quién lo duda, sin embargo…, si tuviera que alejarme aunque fuera sólo para consolar a una viuda en un rincón, o para matar un ciervo en otro lugar, todo serÃa murmurar: «¿Dónde está este perro de cura?». Y otro dirÃa: «¿Quién ha visto al maldito turco?». «El villano descastado que colgó los hábitos mata más venados que el resto de la gente», dirÃa un guarda. «Va detrás de todas las liebres del paÃs», dirÃa el de más allá. En resumen, mi buen soberano, os ruego que me dejéis tal como me encontrasteis. Pero, si deseáis mostrar en algo vuestra benevolencia conmigo, consideradme como el pobre clérigo de la capilla de San Dunstan en Copmanhurst, el cual aceptará agradecido cualquier pequeña donación.