Ivanhoe
Ivanhoe —Ya te entiendo —dijo el rey—. El santo clérigo tendrá licencia de tala y caza en mis bosques de Wharncliffe. Piensa, de todos modos, que sólo te asigno tres antÃlopes en cada estación, y que si no me das cumplida cuenta cuando degüelles treinta, ¡no soy caballero cristiano ni rey verdadero!
—Vuestra Majestad puede tener la seguridad de que, con la ayuda de san Dunstan, encontraré el medio de multiplicar vuestra generosa donación.
—No lo dudo en absoluto, buen hermano —dijo el rey—, y como el venado es algo seco, nuestro bodeguero recibirá órdenes de entregarte cada año un pellejo de vino rancio, un porrón de malvasÃa y tres barricas de cerveza de la primera prensada. Si esto no calma tu sed, ven a la corte y habla con mi mayordomo.
—Pero ¿y san Dunstan?
—Un cáliz, una estola y telas para el altar —continuó el rey, santiguándose—. Pero no debemos dejarnos llevar por este juego, no sea que Dios nos castigue por pensar más en nuestros desvarÃos que en su culto.
—Salgo fiador de mi patrón —dijo el fraile alegremente.
—Sal fiador por ti mismo, fraile —dijo el rey Ricardo algo secamente. Pero en seguida extendió la mano al ermitaño, el cual, algo avergonzado, se arrodilló y le rindió pleitesÃa, besándosela.