Ivanhoe

Ivanhoe

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El refrigerio fue rápidamente preparado bajo una enorme encina. El rey estaba rodeado por hombres que se habían colocado fuera de la jurisdicción de sus leyes de gobierno, y que ahora formaban su corte y su cuerpo de guardia. Cuando la jarra empezó a rondar, los rudos forestales dejaron progresivamente de sentirse cohibidos por la presencia de Su Majestad. Intercambiaban canciones y chanzas…, lo que más se contaba era la historia de fechorías pasadas. Al final, mientras se jactaban de los éxitos cosechados infringiendo las leyes, nadie se dio cuenta de que estaban hablando en presencia del guardián de estas leyes por derecho natural. El jovial rey, no dando a su dignidad más importancia que la que le daban sus compañeros, reía, cantaba y bromeaba como uno más de la partida. El natural aunque burdo sentido común de Robin Hood le aconsejó que sería mejor dar la fiesta por terminada antes de que algún incidente rompiera la cordialidad. Cuando observó el rostro de Ivanhoe, oscuro por la ansiedad, se reafirmó en su decisión.

—Estamos muy honrados —le dijo en un aparte a Ivanhoe— con la presencia de nuestro galante soberano. Sin embargo, no desearía que perdiera un tiempo que las circunstancias pueden convertir en precioso.



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