Ivanhoe

Ivanhoe

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—¿Con que el rey de los bosques de Sherwood le regatea el vino y el venado al rey de Inglaterra? ¡Está bien, osado Robin! Pero cuando vengas a visitarme en el alegre Londres, confío no mostrarme tan tacaño como tú. De todos modos, tienes razón, buen amigo. Por lo tanto, montemos y partamos. Wilfred se está mostrando impaciente. Dime, osado Robin, ¿has tenido alguna vez en tu cuadrilla algún amigo que, no contento con abrumarte con consejos, quisiera también dirigir tus movimientos y se sintiera desgraciado cuando pretende obrar por tu cuenta?

—Exactamente habéis descrito a mi lugarteniente, Little John, que ahora está ausente ocupado en una expedición a la frontera escocesa. Y confesaré a Vuestra Majestad que muchas veces me disgustan sus consejos, pero cuando lo pienso dos veces, no me dura mucho el enfado contra aquél que no tiene otros motivos para justificar su ansiedad que el celo en servir a su amo.

—Tienes razón, buen montero —dijo Ricardo—; y si en una mano tuviera a Ivanhoe para aconsejarme con cordura ayudada por un rostro triste y sombrío, y a ti te tuviera en la otra para engañarme para que hiciera aquello que crees me conviene, dispondría de tan poca libertad para dedicarme a aquello que me place como cualquier rey de la cristiandad o del paganismo. Pero, vamos, señores, dirijámonos alegremente a Coningsburgh y no pensemos más en ello.


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