Ivanhoe
Ivanhoe —¿Por qué motivo, buen montero? —dijo Ricardo, dando muestras de alguna impaciencia—. ¿No hemos ya otorgado una completa amnistÃa por tus transgresiones a la ley? ¿Crees acaso que nuestra palabra es como una pluma que el viento maneja a su antojo? ¿No has tenido tiempo de cometer alguna nueva fechorÃa, o sÃ?
—¡Ay, pues sÃ! —contestó el montero—, si es una fechorÃa engañar a mi prÃncipe en su propio beneficio. La llamada que habéis oÃdo no era la de Malvoisin. Ha sido efectuada bajo mis órdenes para interrumpir el banquete, ya que os hacÃa perder unas horas que podrÃan ser consagradas a asuntos más importantes.
Entonces se incorporó, cruzó los brazos sobre su pecho y, con una postura más respetuosa que sumisa, esperó la contestación del rey, como el que sabe muy bien que ha ofendido a alguien, pero que también es consciente de la rectitud de sus intenciones. La rabia inundó de sangre el rostro de Ricardo; pero sólo fue una emoción pasajera y su sentido de la justicia consiguió dominar su ira.