Ivanhoe
Ivanhoe liberen al cautivo.
Mientras el coro femenino cantaba este canto fúnebre con tono bajo y melancólico, las demás mujeres estaban divididas en dos bandos, uno de ellos dedicado a bordar con toda la habilidad y el buen gusto de que eran capaces un gran paño funerario destinado a cubrir el ataúd de Athelstane, y otro ocupado en seleccionar flores de unos cestos. Con ellas confeccionaban una guirnalda destinada al mismo triste propósito. Las doncellas se portaban con todo decoro, aunque no daban muestras de profunda aflicción; pero de cuando en cuando, un murmullo o una sonrisa merecía una regañina de las matronas de aspecto más severo. Aquí y allá podía verse a alguna damisela más interesada en averiguar cómo le sentaba su vestido de luto que en la lúgubre ceremonia para la cual se lo había puesto. Esta disposición, si debemos confesar la verdad, no disminuyó con la entrada de los caballeros, sino que ocasionó algunas miradas de reojo y bastantes murmullos. Sólo Rowena, demasiado orgullosa para ser vana, saludó a su libertador con graciosa cortesía. Su actitud era seria pero no desconsolada, de modo que podía dudarse si los pensamientos ocupados en Ivanhoe y en la incierta suerte que hubiera corrido no eran más responsables de su grave expresión que la muerte de su pariente.