Ivanhoe
Ivanhoe —Tomad aliento, noble Athelstane —dijo Ricardo—. Y tomad algún refrigerio antes de continuar con tan horrendo relato.
—¿Tomar algo, decÃs? He estado tomando algo cinco veces, y a pesar de ello, un bocado de aquel sabroso jamón no dejarÃa de avenirse con esta ocasión y, os ruego, amable señor, que me acompañéis con un vaso de vino.
Los huéspedes, aunque todavÃa maravillados, insistieron para que el resucitado señor de la mansión continuara su historia, lo cual hizo.
TenÃa mucha más audiencia que cuando habÃa empezado su relato, porque Edith, después de haber dictado las disposiciones pertinentes al buen orden de la casa, siguió al muerto-vivo a la habitación de los huéspedes con tantos invitados, hombres y mujeres, como cabÃan en las estrechas escaleras y el pequeño cuarto. Aquéllos que estaban arracimados en la escalera oyeron bastante mal el relato y lo transmitieron peor a los situados más abajo, los cuales, a su vez, lo propagaron al vulgo del exterior tan defectuosamente que era irreconocible y diferente del hecho real. Athelstane, de todos modos, continuó como sigue la historia de su fuga: