Ivanhoe
Ivanhoe —¿Ablandarse sus corazones? —exclamó Athelstane—. ¿Acaso se funden las rocas con el calor del sol? Si no hubiera sacado a las abejas de su colmena un barullo exterior que yo supuse era la procesión que se dirigÃa a participar de la comida de mi banquete funerario, y eso sabiendo cómo y dónde yo habÃa sido enterrado en vida, todavÃa estarÃa allÃ. Oà sus salmos mortuorios sin que nadie se percatara de que aquéllos que los cantaban en beneficio de mi alma hacÃan pasar hambre a mi cuerpo. De todos modos, se fueron y yo quedé esperando largo tiempo algún alimento. No era extraño. El glotón del sacristán estaba demasiado ocupado con su propio apetito para preocuparse del mÃo. Al fin bajó con paso inseguro y despidiendo un fuerte olor a vino y a especias. Los buenos sentimientos habÃan abierto su corazón, porque me dejó un trozo de pastel y una jarra de vino en vez de mi dieta anterior. Comà y bebà y me sentà con más fuerza. Entonces, para colmo de buena suerte, demasiado vacilante para cumplir bien su deber de carcelero, no le dio la vuelta a la llave, cerró la puerta con fuerza contra el dintel y asà la hizo saltar de la cerradura, con lo que cayó a la parte de adentro. La argolla a la cual mis cadenas estaban sujetas estaba más oxidada que lo que yo o el abad hubiéramos podido esperar. El alimento y el vino pusieron en funcionamiento mi ingenio. Ni siquiera el hierro podÃa dejar de consumirse en aquella infernal mazmorra.