Ivanhoe
Ivanhoe —Pero el diablo, mi noble amigo —contestó Athelstane—. Morirán y no se hablará más de ellos. Aunque fueran los mejores monjes sobre la tierra, el mundo podrÃa pasarse sin ellos.
—Por vergüenza, noble Athelstane, olvidad a estos desgraciados en la carrera gloriosa que se abre ante ti —dijo Cedric—. Hazle saber a este prÃncipe normando, Ricardo de Anjou, que, por muy de león que sea su corazón, no se sentará sin luchar en el trono de Alfred mientras un descendiente varón del santo Confesor viva para disputárselo.
—¡Cómo! —exclamó Athelstane—. ¿Es éste el noble rey Ricardo?
—Es Ricardo Plantagenet en persona —dijo Cedric—. Aunque no será preciso que te recuerde que habiendo venido aquà por propia voluntad y como invitado, no debe sufrir mal ni ser retenido prisionero. Conoces bien tus deberes para con él como anfitrión que eres.
—¡Ay, por mi fe! —dijo Athelstane—. ¡Y además conozco mi deber como súbdito y aquà mismo le rindo pleitesÃa y le ofrezco mano y corazón!
—¡Hijo mÃo —dijo Edith—, piensa en tus derechos reales!
—¡Pensad en la libertad de Inglaterra, prÃncipe degenerado! —dijo Cedric.