Ivanhoe
Ivanhoe —Mi reverencia no da el permiso —contestó el eclesiástico— para que afirméis que exista tal especie de animal calificado por vos de clérigo borracho, o por lo menos no consiento que un laico hable de él. Guardad las formas, amigo mÃo, y llegaréis a la conclusión de que el santo hombre estaba solamente inmerso en sus meditaciones, que permiten dar vueltas a la cabeza y hacen difÃcil e inseguro el paso como si el estómago estuviera lleno de vino nuevo. Yo mismo lo he comprobado.
—Bien; entonces —contestó Dennet— un santo hermano acudió a visitar al sacristán de san Edmund. El visitante era una especie de falso fraile que da caza a la mitad de los ciervos que se roban en el bosque, que es más amante del tintinear de los vasos al chocar que del son de las campanas sagradas, y que considera que una loncha de tocino vale tanto como diez veces su breviario. Por lo demás es un buen individuo, jovial, alegre, capaz de enfrentarse a cualquiera de los habitantes de Yorkshire haciendo voltear su partesana o bailando cualquier danza.
—Esta última parte de tu descripción, Dennet —dijo el juglar—, te ha ahorrado que te fuera rota una costilla o dos.
—Calla, hombre; no te temo —decÃa Dennet—. Estoy algo viejo y envarado, pero cuando participo en las cucañas de Doncaster…
—Al grano, amigo, sigue con la historia…