Ivanhoe
Ivanhoe —De todos modos estaba muerto, para decirlo de otro modo, habÃa sido trasladado al otro mundo —dijo el campesino más joven—, porque oà a los monjes de san Edmund entonar los cantos fúnebres y, además, se repartió un espléndido festÃn en el castillo de Coningsburgh. Yo hubiera ido de no haber sido por Mabel Parkins que…
—¡Ay!, muerto estaba Athelstane —decÃa el más anciano—. ¡Una verdadera tragedia para la antigua sangre sajona!
—Pero seguid con vuestra historia, señores mÃos —dijo el juglar dando muestras de impaciencia.
—Contadnos vuestra historia —dijo el voluminoso fraile que estaba junto a ellos apoyado en un bastón que tanto podÃa ser un báculo de peregrino como una partesana, y que probablemente servÃa para ambas funciones, según la ocasión lo requiriera—. No queméis toda la luz del dÃa para contarla. Disponemos de poco tiempo.
—Con el permiso de vuestra reverencia —continuó Dennet—, un clérigo borracho fue a visitar al sacristán de san Edmund…